90 latigazos

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Le debemos a Antón P. Chéjov, el ser el primero en narrar la vida en un penal. En este caso en la isla de Sajalín, en Siberia, un lugar donde el zarismo enviaba a delincuentes y opositores a trabajos forzados, entre otros castigos. Autor de novelas cortas, no gozó de la simpatía de los intelectuales de la época. Tolstoi le tuvo consideración, aunque no comulgaba con las ideas de este médico, que confesaba que se podía ser buen escritor teniendo la base de la medicina. Agregaba que este oficio le enseñó el arte de la observación. No olvida eso si, que el que observa, es también observado. La anatomía como la literatura tienen un idéntico enemigo, el mal, escribió. Tolstoi replicaba y dijo que de no haber sido médico, Chéjov hubiera sido mejor escritor. Otros les cuestionan el escribir cuentos breves.

 

La vida en la isla de Sajalín, es descrita de un modo convincente. Chéjov, se las arregla para conocer la vida cotidiana. Al igual que un antrópologo, penentra en la vida de los habitantes de esta colonia penal, conoce a los que están liberados, bebe y come con ellos. Le hace preguntas, observa y escribe. Elabora un censo, pero ya sabe que los datos que recoge no son fiables, pero tiene otro fin: permite entrar en las casas y conocer a la gente. Recomienda no hacer entrevistas, sino hablar. Presencia castigos horribles como los noventas latigazos a un preso acusado de homicidio. La deportación era el arma principal del Zar, y Siberia el destino. En el siglo XX, Alexander Solzhenitsyn, narraría similar experiencia bajo la mano de Stalín.

 

Chejov viaja por ese lugar inimaginable por nosotros, pero gracias a su relato, podemos, por algunos momentos, imaginar. Los largos inviernos, el frío, la ausencia del sol, la vegetación, las ballenas, forman parte de un paisaje bello pero duro. No se me ocurre quien y porqué, bautizó al sector norte de Iquique, como la Siberia. Un pedazo de desierto, con sus canchas de arenas y casas de ferroviarios que hoy parece perdido en el imaginario local. Chéjov, al decir de Piero Brunello, posee una “escritura precisa, honrada y comprometida”.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 5 de abril de 2015, página 16.

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