Carlos Forestier Haensgen

 “Cuando pasaba hasta los perros dejaban de ladrar”. Así era el nazi Forestier. Así lo percibíamos los iquiqueños en esos años duros de represión y de consumismo. A partir del 11 de septiembre de 1973, la vida cotidiana nunca más volvería ser la de antes. Desde el 1975, año de la instauración de la Zofri, a través del consumismo tratamos de olvidar la pesadilla que en la tierra de campeones, instauró Forestier por encargo de Pinochet.

La Caravana de la Muerte no llegó a Iquique. No era necesaria. Estaba Forestier. Él mismo llamaba a la muerte. Él mismo firmaba las sentencias. El funeral que su yerno le prepara, Forestier se lo negó a la familia de Freddy Taberna, de Rodolfo Fuenzalida y del Comité Regional del Partido Socialista de Iquique.

En la historia del terror del norte grande de Chile, el nombre de Carlos Forestier Haensgen, cohabitará con el de Roberto Silva Renard, que ordenó la masacre a los obreros de la Escuela Santa María, aquel 21 de diciembre de 1907.

Carlos Forestier Haensgen murió a los ochenta y cinco años. Murió con el dolor que el cáncer le provocó. No con el dolor de haber causado el dolor que causó. No murió como viejo sabio. Es decir, arrepentido e indicando qué hizo con los huesos y la barba de Freddy Taberna. En ese sentid, fue un militar hecho a imagen y semejanza de Pinochet. O sea un militar de eso que no queremos formar en nuestros ejércitos.

Los perros en Iquique se callaban cada vez que Carlos Forestier Haensgen, en su jeep y con guardaespaldas, subía —creyéndose dueño de la ciudad—, por la calle Tarapacá, rumbo al regimiento Telecomunicaciones, para ordenar quién seguía con vida y quién no. Su nombre, hay que admitirlo, nos daba miedo.

En silencio, de boca en boca, entre guiños e impotencia, distribuíamos el apodo que el pueblo le había inventado: “perro”. Era una forma de esquivar al miedo. Era una forma de resistir.

 

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