Elogios del chumbeque

 

 

Creo que nunca  ningún diccionario en el mundo podrá ser democrático en el sentido de incorporar en sus bien imprentadas páginas la palabra chumbeque. ¿Qué podría decir de él, por ejemplo, algún miembro de la Academia de la Lengua? Dicese del acto de chumbequear. O tal vez, relativo al chumbeque. Más no podrán decir.

Nos corresponde a nosotros, pues, a los que estamos acá, ensayar hasta angustiarnos una definición posible que nos convoque al consenso. Más de alguno de ustedes se habrá encontrado con tamaña dificultad cuando alguien de afuera de los límites de esta Caleta-Puerto nos pide que le definamos qué es el chumbeque. “Mira, le decimos, es un dulce así y así, tiene este porte, pero mejor anda y cómpralo allá, es esa esquina”.

No podemos definirlo, nos cuesta. Es como si le preguntaran a alguno de nosotros, que nos definamos. Creo que ahí está la dificultad, definir al chumbeque es un poco definirnos a nosotros mismos, es tratar de decir, los iquiqueños somos así, poseemos esto y esto otro.

Pero que no sepamos decir, así formalmente, lo que somos, no significa en modo alguno, que no sepamos lo que somos. Bien sabemos los puntos que calzamos. Bien sabemos cómo calienta el sol sobre nosotros. Bien sabemos los olores que tenemos que soportar.

Entre el Chumbeque y los iquiqueños reina una relación de igualdad. En el mentado diccionario habría que agregar un listado de sinónimos y cuando se diga chumbeque, hay que decir también Iquique y vece-versa. Se ha desatado una linda conversa entre iquiqueños acerca de dónde viene el chumbeque. Como resultado podemos decir que el mentado dulce-iquiqueño es harto viajado. Algunos dicen que es una herencia de los chinos de principios de siglo, y que en Cantón existe esta palabra. Vía Perú nos llegó a la Caleta. Otros dicen que unos negros del África, lo trajeron envueltos en no sé qué cadenas de esclavitud.

Y si le preguntamos a la gente de dónde vinimos los iquiqueños nos encontraremos con idénticos resultados. Venimos de todas las partes: tenemos raíces esparcidas por el mundo. Somos un poco aymaras, un poco peruanos, un poco chinos, un poco eslavos, un poco ingleses, y más que nada, somos iquiqueños, es decir, la síntesis y la creación de lo nuevo. Somos del Morro de Cavancha, de la Plaza Arica, de la Rubén Godoy, somos de este Iquique ancho, y que a veces se nos vuelve ajeno.

La historia del chumbeque, es pues en buena parte, la historia de nosotros mismos. En este último tiempo hemos asistido a una revalorización de lo iquiqueño. Pareciera que por fin, hemos tomado, las cosas por su nombre, y nos hemos dado a nosotros mismos el status que merecemos.

Creo que por primera vez la palabra chumbeque ha sido imprentada en los diarios y pronunciada por los labios oficiales de cualquier boca en el canal de televisión. Pareciera que la obligada clandestinidad de la palabra chumbeque ha quedado superado.

Nadie creo se imaginó que la palabra chumbeque, palabra ritual que nos une a aquellos que pertenecemos a la religión de los iquiqueños, iba a tener el status como el que hoy tiene. Aparece en las editoriales, en la televisión. Se conjuga a diario en los labios cotidianos de la estirpe local. Y como si lo anterior fuera poco, la gente empieza a valorar lo nuestro. Ya a nadie, entre tanto culto al modernismo, siente vergüenza de decir “yo soy iquiqueño”. Es más., algunos dicen: Yo soy de El Morro, de El Matadero. La identidad positiva se nos empieza a aflorar por los poros.

Publicado en El Nortino, el 10 de abril de 1990.

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