¿Occidentales?

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En los tiempos de globalización la pregunta por saber quienes somos se vuelve casi reiterativa. Recorre el imaginario nacional echando abajo las respuestas fijas que la escuela, como si fuera un mandamiento, enseñó. Más allá de si somos chilenos o peruanos, tarapaqueños o chilotes, la respuesta alude a cómo nos inscribimos en un imaginario más general. Y este proviene de Europa y de Estados Unidos. Somos occidentales se escucha decir con una ingenuidad absoluta. Y se dice occidental para alejarse, lo más que se pueda, del indio o del indígena. Pero no somos, ni lo uno ni lo otro.

Somos mestizos, mezcla del cruce, del desencuentro, del contacto violento entre los que llegaron de Europa y los que habitaban estos territorios. Nuestro Norte Grande está lleno de cruces que luego la industria del salitre, la Zofri, las nuevas migraciones, habría de continuar. No hay pureza que corra por nuestra cultura. La búsqueda de la autenticidad es inútil. En la cultura no existe tal palabra. Es la mezcla, la hibridez, la que marca nuestras prácticas cotidianas. Pero lo original, que no existe, se constituye en una obsesión a la que hay que alcanzar. La búsqueda de la comunidad se convierte en la nueva utopía. El Tibet, la India, San Pedro, la selva amazónica son los referentes. Largos viajes, peregrinaciones post-modernas, en pos de la “naturaleza”, en la que habitan, dicen, las fuerzas sobrenaturales. Libros de auto-ayuda que reemplazan a la Biblia y al Manifiesto del Partido Comunista. Viajar a Moscú ya no reditúa. La filosofía es reemplazada por un conjunto de afirmaciones sencillas, pero vacías, cuyos profetas son Coelho y la Sordo. Jodoroswy y Galeano, caen a veces en esta trampa. Arjona canta embelesando al auditorium que busca de poesía, pero sólo encuentran frases refritas. La auto-ayuda ha reemplazado a la filosofía. Y eso es grave.

Asumir la mesticidad, elogiarla debe ser el mandamiento. Reconocernos y asumir que así somos, nos evita la fallida búsqueda de lo que no somos. La India queda muy lejos. Cavancha a la vuelta de la esquina, La Tirana un poquito más arriba, y las quebradas y el altiplano, ahí no más.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 15 de mayo de 2016, página 15

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