Réquiem para el Genovés

1958-2018.

Los bares son el alma de los puertos. Más aun en Iquique, en que las noches suelen ser más largas que los días (Lo escribió la Nena Gutiérrez, lo afirmó Pablo Lenci, el futbolista argentino nunca leyó a la poeta ariqueña). Súmele que el bar que cerrará sus puertas antes que acabe este año, era el de los deportistas. En otras palabras un bar con estampa de catedral.

Entiendo las penas de los parroquianos. Ello saben de pérdidas. Al Genovés no se le podía entender sin la Casa del Deportista. Demolida esta, el Genovés se empezó a quedar más solo. Le faltaba el Yan, el sello, su abajo, su reverso, su día.  Solo como en posición off side, se las arregló por conservar una tradición a golpes de mantener en su interior un orden impuesto por los hermanos Solimano.

Pedazo de Italia en el centro antiguo de Iquique. Territorio de clubes como el Maestranza, el Chung Hwa, Jorge V, La Cruz, el Yungay, entre tantos otros, se las arregló para festejar los triunfos y llorar las derrotas. Todos cabíamos en ese bar eterno. De niños soñábamos con conocerlo por dentro. Olía a aserrín, a limpio, a vino tinto y a cerveza. De adultos, cruzar sus puertas era un rito más de iniciación, tal importante como afeitarse la primera vez.

Pero más importante era atravesar esa salón inmenso, sorteando mesas y sillas, parroquianos y garzones y meterse en el baño. Los baños del Genovés tenían el encanto de la urgencia, del desahogo, pero también, la primera vez, de la curiosidad. Mear como parroquianos, mirando al cielo, las manos abajo, pensando en cualquier cosa, era un ritual, repetido hasta antes de la muerte. Sábado  al mediodía, en la barra, tres o cuatro parroquianos,  deletreando la vida urbana agitada del Iquique de hoy. Dentro, la máquina del tiempo, congelado el calendario, casi como una cerveza.

Una noche de este duro año que se nos va regresé con los cabros del barrio. Era como si ayer no más hubiese estado allí. Los saludos se multiplicaron, los abrazos se sumaron. Caí en cuenta que por allí, el tiempo es circular. Las cervezas danzaban como si fuera el Cascanueces.

Hay rituales en los bares de abolengo como el Genovés que se mantienen, pese a las redes sociales, pese a la posverdad.

El mozo, trae cerveza que no pediste. Exiges una explicación. Desde el fondo te hacen una seña. Misterio aclarado. Al irte, el don de Marcel Mauss, te reclama que antes de marcharte debes cumplir con la reciprocidad. “Gringo, por favor, envía de mi parte,  seis cervezas a la mesa del fondo.

Sin el Genovés, se nos va un poco esa iquiqueñez que la crisis, como si fuese una cuna nos forjó y nos meció, la del Tani, la de Godoy, la de Deportes Iquique, la de mi barrio y de mi club, la de Ramón Pérez Opazo, la del viejo Galleta, la de los anónimos que en su interior, le bastaba con su apodo.  ¿O no viejo Toscanito?

Publicado el 31 de diciembre de 2018, a horas del cierre del Genovés.

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