Vecinos y vecinas

En el amplio y nutrido diccionario de la nostalgia las palabras vecinos y vecinas ocupan un lugar destacado. La familia se ampliaba por el simple hecho de compartir en el barrio. Este, no se puede entender sin esa poderosa red social (en el Iquique de los 60 esa palabra no existía, ni falta que hacía). En el velorio de mi amigo, el viejo Segua, una señora me dijo que me conocía desde guagua. Es más, me confidenció que me había tenido en sus brazos. “Usted era muy joven”, le dije. Agregó que por muchos años fueron nuestros vecinos. Ramos era la familia a la que pertenecía. Era obvio, fueron nuestros vecinos por cerca de 20 años en la calle Bolívar. Tiempos en que el barrio se movía en la confianza. Y las palabras vecinos y vecinas sonaban a prestigio, a solidaridad, a “en que te puedo ayudar”. Tiempos en que las vecinas salían a barrer sus veredas y de paso conversaban. Se me viene a la memoria doña Norma Carreño. Época en que en la Norte Hospital, Jaime Pol tenía un bombín y los cabros chicos hacían filas para inflar sus pelotas o las llantas de sus bicicletas. O Manuel Guerra que hace poco nos prestó un serrucho. El barrio era territorio seguro, y los malandrines que lo habitaban tenían su ética y estética. Cuidaban al barrio y jamás le robaron a la vecina de la esquina. El barrio, era como alguna vez escribió Patricio Rivera, el útero de la sociabilidad. En el barrio aprendíamos lo que la escuela no nos enseñaba y vice-versa. Los viejos de la esquina nos daban clases, a su modo, de rectitud y de amor por los colores del club del barrio. Las vecinas representaban la seriedad, el sacrificio y el buen humor. Camino al mercado, marchaba con ella la elegancia y un sentido de la decencia que al parecer, desapareció.

Ya no hay vecinos ni vecinas. Ignoramos sus apellidos y ocupación. Nadie barre las veredas del barrio como si fuera la nuestra. Viven cerca, pero no son cercanos.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 28 de mayo de 2017, página 15.

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